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Enorme.
Enorme. Crudísima, despiadada. Una gozada.
Debe de ser la película de los últimos años que, aspirando a las cotas más altas de grandiosidad, entendida a la manera Hollywoodiense, se queda más cerca de su objetivo.
Con una dirección sencillamente soberbia de Anderson, aquí alejado totalmente de sus habituales (y geniales) piruetas visuales, insuflándole a la obra un aire totalmente clásico sin perder su personalidad. Todos los aspectos técnicos son impecables y la facilidad de Anderson para crear planos subyugantes y pesadillescos es tremenda. Daniel Day- Lewis lo borda en la que probablemente sea la mejor actuación de su carrera. Hay quien comenta que está sobreactuado. A mí no me lo ha parecido, del mismo modo que en Gangs Of New York sí que me lo pareció, aquí lo he visto ajustadísimo en un personaje ya de por sí al límite. Y sin olvidar a Paul Dano, imberbe que detesté en Miss Sunshine y que aquí me ha cerrado la boca.
Mención a parte para la impresionante banda sonora del tipo de Radiohead. Más tensa que un alambre, cercana por momentos a una película de terror (sin ir más lejos, me trajo a la memoria esa maravilla titulada El Resplandor), martilleante, angustiosa, electrizante. Todo un acierto. Y sin duda, el aspecto en el que la película rompe más moldes.
Pero tiene razón el caramuro sobre las prisas finales por acabar el relato. Media hora más le hubiera sentado de perlas a la película.
Lo mejor es que sospecho que en un segundo visionado me revolcaré todavía más.
Bravo.
Peter Gabriel 77 
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