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Usted lo que necesita es un abogado procesal.
La película apela por enésima vez al conflicto que provoca la integridad cuando se despereza en determinados corazoncitos. Por el camino nos presenta una interesante trama de ambición y crimen, nos dibuja las miserias de la trastienda de la justicia, la crisis de identidad de un abogado (Wilkinson), y los sucesivos problemas personales de un Clooney involucrado hasta las trancas en esa trama de bufetes, minutas multimillonarias y arrepentimientos.
Y la narración es eficaz, por mucho que se diga lo contrario. Requiere cierta atención por parte del espectador pero ahí se acaba el problema. Quizás sea algo exigente al presentar situaciones y personajes que se van definiendo a medida que avanza el metraje y no de forma inmediata; pero ya digo, poco más.
Esta historia de multinacionales, indemnizaciones desprovistas de todo sentido ético o moral y letrados trapisondistas, divierte pero no subyuga. Sin embargo, no creo que esa ausencia de clímax venga provocada por la pausada realización que, por otra parte, encaja con precisión en el clima de frialdad, aparente equilibrio y ambición del mundo de estos personajes. Al contrario, ese tono de analista bursátil que tiene la película me pareció un auténtico hallazgo, así como el desarrollo narrativo que tanto parece haber molestado y que a mí, ya digo, es lo que más me gustó.
La pega quizás sea que, a la hora de despejar la incógnita, la película acaba oliendo a naftalina (moralina que no va nada, pero nada, con la displicencia que ya he señalado como virtud capital de la cinta) y termine como siempre por mucho que nos lo quieran disfrazar. Ese desenlace, unido al esquematismo caricaturesco del personaje de Wilkinson y a cierto apollardamiento de Clooney, diluyen un poco el demoledor sopapo que esta seca y exigente narración nos estaba dando en forma de disección del desencanto.
Pero por encima de todo, y sin medias tintas, sobresale Tilda Swinton; fabulosa. Esta elfa vale un Potosí. Qué lucha la suya, qué pelea entre el hielo acorazado de sus indolentes pulmones y los residuos de humanidad que aún le restan por quemar. Qué miradas; qué llantos; qué gestos. Qué ataques de ansiedad.
Bloomsday 
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