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Pónme dos corcheas
Normalmente esta crítica vendría repleta o cargada de referencias a las múltiples trampas, saltos, mecanismos de maquinaria emocional falsa que recorren la película en pos del sentimentalismo más archiconocido y desgastado. Hay horrores de momentos avergonzantes e inverosimiles. La película que nos trae la directora irlandesa "August Rush" es un primo hermano del Oliver Twist de Dickens pasado por un barniz de musicalidad virtuosa. Tres ejes, tres historias separadas por un destino que no me voy a molestar en contar, poco da o da lo mismo, que están destinadas a confluir en un final de esos que no deja indiferente a nadie, o te emocionas o apartas la mirada de vergüenza (mi nota arriba viene a explicar por dónde pasó el que esto escribe). Claro, como tantas veces me surge la duda, estoy seguro de que muchas personas se emocionarán, saldrán contentos y pasarán por alto los varapalos (si es que tan siquiera se molestan en verla) de la crítica. Bueno, si la disfrutan, con su Robin Williams estrafalario y todo, con su Freddie Highmore al que le está llegando la hora McCauley Culkin-Haley Joel Osment en la que se pasa de niño majo a niño al que darías de tortas, con su mensaje a lo Forrest Gump (ese chaval que por primera vez toca la guitarra y le sale como a Chick Corea), pues vale, mejor para ustedes, chapó, me quito el sombrero. Yo tengo ahora mismo un subidón de azucar. Gracias de nuevo, Hollywood.
Vargtimmen 
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