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El ladrón de la memoria
La vida no parece mucho más que una serie de idas y venidas a lo largo de un camino que no parece conducir a ningún sítio en concreto. Nos empeñamos en hacerlo rápido, evitando a poder ser las incomodidades que acarrea el tipo de vida moderna en que estamos involucrados. No queda mucho tiempo para ocuparnos ni siquiera de los más allegados, de los verdaderos compañeros de viaje.
Quizás es que no sabemos hacerlo, al fin y al cabo nadie nos dió al nacer un libro de instrucciones, ojalá fuera tan fácil.
La mayoría de nosotros nos enfrentamos a diario a desilusiones, desamores, desarraigos, trabajos estúpidos que no dignifican, enfermedades, etc. Lo mejor que puede pasarnos es al menos no perder la dignidad que se nos otorga como seres humanos.
Sólo quedarán los recuerdos de haber superado todas esa dificultades, espolvoreados junto a los buenos momentos de los sueños cumplidos y los momentos compartidos con aquellos con quienes decidimos compartir el camino.
Por si fuera poco nadie nos asegura que el fin será el deseado, en algunos casos nos enfretaremos también a una enfermedad implacable que atacará sin compasión, se presenterá poco a poco, sin ruidos estridentes, a robarnos lo que nos quede de memoria. Es el el Alzheimer el verdadero ladrón de la memoria.
Esta es una película dura, lenta, de esas que nos hacen recapacitar, no puedes quedarte indiferente, es molesta porque cuenta de la vida, lo que tratamos por todos los medios de evitar a diario.
La historia te acaba atrapando de un modo implacable. Con un lenguaje visual estricto y simplicista, que no simple y con un guión parco en palabras pero efectivo al máximo, este director nos propone reflexionar sobre lo verdaderamente importante de nuestras vidas.
Cabe destacar la interpretación principal, perfectamente sujeta en el resto de las demás interpretaciones, para dar forma a la verdadera premisa de la película que nos es otra que un canto a la vida y como parte de ella también a la muerte.
DEKAR 
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