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No es la mejor de Pandro S. Berman, pero pasa.
Al bueno de Pandro, allá por los 50, le dio por producirle a Richard Thorpe pelis de aventuras a mogollón. Con mucho espadachín, y mucho carruaje, y mucho technicolor. Esta pasa los estándares de calidad exigibles, pero ni es la mejor que produjo el Pandro, ni lo mejor que dirigió Thorpe (un director de género competente, y ya), ni la mejor que hizo Stewart Granger.
Cierto que estas pelis daban pasta y cumplían con la misión de entretener, que no es poco, pero esta adolece de ser un remake muy remake -y por lo mismo escasamente imaginativo- de la primera versión sonora de los años 30, engordado con algo más de carga dramática para el papel de James Mason (hecho en la precedente por Douglas Fairbanks Jr.) porque, supongo, había que justificarle la aparición en los carteles y el sueldo.
No obstante, la acción es escasa. Hay mucho rollito palaciego bastante pestoso, melifluo e inaguantable y demasiado diálogo facilón de ese que tanto le iba a la pescadilla cocida -flaccida, flaccida- de la Deborah Kerr. Lo mejor, la colosal pelea de sable que mantienen al final Granger y Mason (muy bien rodada, por cierto, y se nota que la acción era la especialidad de Thorpe), pero es que sabe a tan poco...
Cine familiar sin grandes pretensiones.
Pakosky 
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