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Un puesto de honor en los anaqueles sagrados de la imaginación
Miyazaki narra la llegada por accidente de una niña a un mundo fantasmal donde todo tipo de deidades, serias, alegres, peligrosas, enormes, diminutas, acuden para darse los baños mientras otro tipo de excelentes criaturas trabajan diligentemente para que el negocio no decaiga. Para recuperar a sus padres, convertidos en gorrinos por ídem, la niña deberá mercadear con dioses y brujas y niños y cerdos y recorrer un camino de ida, de vuelta y finalmente, de ida (el eterno retorno).
Toda la historia en sí está preciosamente elaborada, con exquisito cuidado hacia cada uno de los personajes y animalitos mágicos que aparecen y un desarrollo que combina con gran acierto humor, ternura, misterio y melancolía. Sin embargo más allá de la historia, los sentimientos que devienen de disfrutar de una película como ésta no debieron ser muy distintos a lo que sentíamos cuando éramos muy bebés y todo nos parecía extraño, brillante y lleno de colores apetecibles. Este bonito universo requiere los ojos muy abiertos y entrar con la imaginación a gatas.
Prestad especial atención a la banda sonora de Joe Hisaishi, mágica y envolvente y a la galería de encantadoras criaturitas que aparecen, junto a los perritos de las praderas y a los señores surinameses con bigote, no he visto nada tan sumamente lindo como esas partículas de hollín del maestro calderero.
Para ver, no una, sino mil veces.
Neathara 
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