|
I am Jaguar Paw, son of Flint Sky. My Father hunted this forest before me. My name is Jaguar Paw. I am a hunter. This is my forest. And my sons will hunt it with their sons after I am gone.
El cine de Mel Gibson, por más que muchos se empeñen, nunca ha tratado de ser fiel a la realidad. Es más, la pura esencia de su obra radica en contradecir cualquier ley gravitatoria, para, a raíz de abruptos y excelsos sucesos, exponer un discurso autoral solo concebible en la perversa mente del protagonista de “Arma Letal”. En ese sentido, si “La pasión de Cristo” exorcizaba a base de hemoglobina bíblica todos los cánones existenciales sobre las últimas horas de vida de Jesucristo, “Apocalypto” se erige como epidérmico y magistral cruce mixto entre el más eufórico y minimalista Terrence Malick con la salvaje y socio-humana mirada del más despiadado Herzog. Y si algo queda claro tras visionar esta epopeya vitalicia, es que a Gibson, como ya he dicho, le importa (en fondo) un rábano la cultura Maya.
Como ya hiciera en “Braveheart” o en “La Pasión”, el derrumbe de esa ancestral cultura, sus fobias y masacres, son tan solo un pretexto para exponer un arrojadizo cuento tan sádico como etéreo: el del libertino e incomprendido super-hombre contra la opresión del mundo que le rodea. Y es que “Jaguar Paw” no dista mucho del Cristo de James Caviezel o, poniéndonos mucho más estridentes, incluso podría ser el perfecto emulo al Keanu Reeves de “Matrix”; aunque al final termine por ser el espejo capicúa del propio Gibson. Se puede decir que la tesis final de “Apocalypto” es la de retratar y exponer el reflejo de la sociedad actual ante la sangrienta reyerta que hizo caer al imperio Maya, para reflexionar sobre lo que estamos haciendo e intentar enderezar el curso de la sociedad actual. Nada más lejos de la cruda realidad.
Porque lo que empieza siendo un suave y divertido relato semi-documental con esa aldea tan idílica, termina por convertirse (en su impresionante tramo final) en la desesperada cuenta atrás hacia la nada. En un abrir y cerrar de ojos pasamos del circo Romano de “Gladiator” a la selva destructiva y acechadora de “Depredador”. O lo que es lo mismo, cambiamos el alocado canibalismo puritano del “Apocalipse Now” de Coppola por el salvajismo carnal del “Conan” de Milius.
Que Gibson es un bárbaro no es nada nuevo. Que es un narrador de primera tampoco. Que su sentido para el espectáculo es impecable mucho menos. Pero lo que hasta ahora no había acontecido es que todos estos elementos se fundieran con tanta precisión y gusto. “Apocalypto” no solo es la mejor película de Gibson, es la más personal y austera, la más precisa e histérica, es su acercamiento más cercano a una perfección que, sin duda algún día, de seguir así, alcanzará con máxima plenitud.
Lo mejor: Los impresionantes y trepidantes últimos 40 minutos. Prodigiosos.
Lo peor: Podía haber sido (mucho) más salvaje.
Clark 
|