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Tim Story rodó un prólogo. Un prólogo tedioso.
Como bien dice el amigo Txarly, el amigo Tim rodó un prólogo, un preámbulo, una introducción. Y no es que a mi me moleste la idea, ni mucho menos. Eso sí, siempre que resulte bien realizada y ejecutada, no como aquí, pues todo consiste en una presentación de personajes lamentablemente dibujados: El típico chistoso cuyas gracias no aplaudiría ni Blake Edwards, la parejita cuya historieta resulta tan inverosímil como aburrida y luego está el compañero Grimm, pobre Grimm, ¿desde cuando MA Barracus se reencarnó en su figura? Sencillamente deplorable.
Pero lo peor de todo no es eso, sino que tras aguantar mecha una hora, llegamos a una de las conclusiones más aborrecibles y pesadas de cuantas servidor haya podido observar. Y es que todo está rodeado de ese halo de ligereza, que te termina importando un comino si el doctor Doom les pega la de su vida a los fantásticos, los mata de auténtica desidia (lo que intentó el director, por así llamarle, con el público, seguramente) o los cocina al pil-pil aprovechando la llama del aquí irritante Johnny Storm.
Pero si quedase ahí la cosa, pero no, no, pues para colmo, dejan participar en proyectos así a tipejos como el McMahon que, en su día, se le ocurrió balbucear que para él el cine no era más que un negocio... ¿un negocio, amigo? No te digo donde te mandaba de una patada, ni 4 fantásticos ni porras, yo sólo me bastaba para hacerte volar donde no te volviera a ver de nuevo. Y así está el cine. Mucho se quejarán del fútbol, que si mercenarios por aquí, que si mercenarios por allá. Aquí no cambia mucho la cosa como ven, y todavía peor es que estemos ante el séptimo arte, como quien no quiere la cosa, vamos...
Grandine 
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