Al hablar de literatura, pintura, escultura…etc, no hay debate posible, hay obras mejores y peores, pero desde luego estas disciplinas son consideradas unánimemente como arte. Sin embargo, el cine aún arrastra la losa de la eterna disputa entre su consideración artística o la de mero entretenimiento popular. Que permanezca la idea del cine como vulgar pasatiempo para mentes simples puede resultar harto injusto, pero a pesar de la arbitrariedad de tal aseveración no deja de ser cierto que productos como Crepúsculo reafirman tal idea.
Este es un producto que se desnuda sin pudor y nos muestra sin recato y hasta casi con orgullo todas las (des)vergüenzas de la maquinaria mainstream interpretada en el peor sentido del término. Un claro ejemplo del todo vale, del toma el dinero y corre que prescinde de concepciones cinematográficas tales como la cámara, el guión, la planificación, la puesta en escena y otros tantos elementos que las mentes iluminadas que han perpetrado este engendro han considerado como nimiedades. Lo importante era focalizar el target de público al que va dirigido, abundar en el tópico más impostado y dejar que el resto, entendido como la recaudación, haga el resto del trabajo secundado por una poderosa estrategia de marketing.
El gran mérito de Crepúsculo, por llamarlo de alguna manera, radica en conseguir algo muy difícil, ser nefasto en todos los sentidos. Efectivamente no es tarea fácil trascender el género de película para adolescentes mojabragas y a la vez articular todo un discurso que pivote sobre la ñoñez congénita y que articule una sinfonía de chirriante e insoportable sopor. Un engranaje perfectamente estudiado cuya misión fundamental es que su audiencia esté más pendiente del aspecto físico de sus protagonistas que de consolidar una historia con empaque y solidez.
Es especialmente indignante que bajo el paraguas de una historia romántica (¿?) se ampare la incapacidad de crear un engranaje fílmico con un mínimo de coherencia. En su lugar no hay más que una sucesión de diálogos ridículos y una composición de planos que oscilan estéticamente entre el paisajismo kitsch y los peores videoclips de Richard Clayderman. Todo ello montado de forma que pretende ser dinámica y no deja de ser un atropello visual que no disimula en absoluto su falta de profundidad argumental y que acaba por revelar que, no sólo es un despropósito visual y argumental sino que erige un monumento a la inacción entendida como el intento torpón de contar una historia que no avanza porque no tiene sustancia interna.
(sigue en spoiler)
spoiler:
Altamente preocupante resulta ver como a pesar del alto presupuesto hay un descuido permanente en detalles que a primera vista pueden parecer intrascendentes pero que aportan el grado de verosimilitud dramática necesaria, entre ellos un maquillaje escandalosamente malo que por momentos convierte al protagonista en émulo descafeinado de el Joker y a su partenaire en una chica de una palidez tan artificial como poco representativa de su presunta personalidad retraída. Por no hablar claro de unas interpretaciones que hablan muy poco a favor del trabajo o bien en la dirección de actores o bien en la elección del casting.
Por si fuera poco flota durante todo el metraje un tufo disimulado, pero fácilmente reconocible, a conservadurismo, a defensa de unos valores rancios y caducos que, bajo el pretexto del vampirismo, están transmitiendo toda una serie de mensajes que nos hablan de las bondades de la familia tradicional y lo malévolo y pernicioso que resulta el sexo prematrimonial.
Sí, se puede decir que Crepúsculo cumplirá con su objetivo de obtener una recaudación obscena y de captar la atención de cientos de miles de adolescentes, pero también es evidente que el precio pagado por ello es muy alto, un precio que ha consistido en pasarse cualquier consideración cinematográfica por el arco del triunfo y convertir una película en un circo para bobos, en un truco de trilero barato más interesado en engañar a toda velocidad y llevarse los réditos que de crear un verdadero espectáculo, de convertir, en definitiva, la magia en una burla soez al buen gusto y a la inteligencia del espectador.