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Siempre nos quedará Tokio
Una agradable media luna sobre fondo azul profundo que se escondía entre las antenas de los tejados me hizo feliz a las siete y media de una mañana. Y no tuve a nadie cerca en aquel momento para contárselo. Y ese increíble acontecimiento natural, esa dicha inefable, podría haber naufragado en el arca de mi memoria si no fuese porque un día vi Lost in Translation.
Ella se siente sola contemplando Tokio desde unos grandes ventanales. Él está aburrido de la vida y de su esposa. Ella no puede dormir por las noches y él tampoco, tienen algo en común y se encuentran desorientados y perdidos en una gran ciudad de luces y grandes edificios.
La insignificancia de cualquiera de nosotros con respecto al mundo es evidente: somos pequeños y prescindibles. Pero cuando le importamos a alguien, cuando nos sentimos personas, cuando reímos, cuando lloramos, cuando hablamos, cuando escuchamos, cuando miramos, cuando nos miran…estar vivo tiene valor y deja de ser simple rutina. Charlotte en Tokio encuentra en Bob a un compañero de noches de insomnio y juergas, y esto se debe, no a que sean perfectamente compatibles, sino a que ambos carecen en ese momento de algo de atención y comprensión. Se hacen amigos inseparables por unos días, compartiendo cama largas horas sin ningún tipo de pretensiones, fecundando algo íntimo y auténtico a la par que inocente.
Se ha especulado demasiado sobre Lost in Translation, en su mayor parte por ser la directora Sofía Coppola, y no estamos ante una película a la que se pueda asistir con prejuicios sino todo lo contrario, pues está hecha para disfrutar de los maravillosos planos, de la naturalidad de los actores, de la moderna banda sonora y de las sensaciones a flor de piel. No admiraba en demasía a Sofía Coppola, pero puedo decir que llevaba mucho tiempo esperando que se hiciera una película así.
No me canso de verla.
Una_de_ellos
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