por fin Mar Adentro (2004), la historia basada en hechos reales de un tetrapléjico gallego, Ramón Sampedro, que durante veintinueve años de su vida se enfrentó a todas las anquilosadas administraciones por el derecho a una muerte digna. ¡Shhhh! Silencio, que empieza la película.
spoiler:
Y Ya lleva un rato. ¿Por qué lloran todos a la vez? Podrían llorar mejor por turnos. ¿Y eso qué suena a todo trapo es esa banda sonora tan maravillosa? Parece la de un culebrón venezolano. ¿Belén Rueda? Que siga con las series. ¿Javier Bardem? Su caracterización es lo único bueno de la película, aunque no sé que opinarán los gallegos de su acento. ¿Otra vez todos llorando? Me aburren hasta el punto que empiezo a empatizar con el protagonista, me estoy quedando tieso en la butaca. No me puedo mover. Cierro los ojos, cierro los ojos y me duermo. Y sueño, sueño que sobrevuelo por encima de las cabezas de los espectadores, y salgo, salgo por la puerta...
cine afuera, cine afuera / y en la ingravidez de mi vuelo / voy donde se cumplen los sueños / entro al cine de al lado / para ver de Indiana lo nuevo / el doctor Jones enciende la vida / con aventuras y riesgo / y en una metamorfosis / mi cuerpo no es ya mi cuerpo / soy yo el gran Indiana / de la pantalla en el centro / y en la escena con la chica / me susurra “más adentro, más adentro” / “que esto lo ven los niños” / la regaño sin complejos / pero me despierto en mi butaca / y en mi butaca quiero estar muerto / por seguir en este cine / soportando este engendro.
Y es entonces, de nuevo despierto, cuando me posiciono ferozmente a favor de la eutanasia, pero no porque se haya generado un debate en mi interior, sino porque sé que con la muerte del ficticio Sampedro terminará la película... Y aunque parezca mentira, los milagros existen, tras los ciento diez minutos más largos de mi vida, llega lo que ya pensaba que jamás verían mis ojos: el final. ¡Viva la vida! Y al rato, ya lejos del cine, sucede lo que no ha conseguido Amenábar con sus casi dos horas de almibarada producción; por primera vez me entran ganas de llorar por Ramón Sampedro, pero no porque muera en el final más cantado de la historia, sino porque su lucha en vida por una muerte digna no se ha inmortalizado en una película digna, sino tan solo un producto simplón, maniqueo y efectista, aderezado con mucho lloriqueo y sensiblería gratuita. Y sé que cuando le recuerde sentiré tristeza por esta oportunidad fallida de seguir su lucha y forzar cambios reales en la sociedad. Lejos de la reflexión y cerca de los telefilmes de sobremesa, Amenábar se conforma con provocar lágrimas fáciles –que se acabarán secando, estériles, en los pañuelos–, con la intención de generar taquillas grandes y premios mayores.
¿Oscar de la Academia? Con lo devaluados que están, era más que previsible..
daniel v