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SIMPLÓN PARQUE TEMÁTICO
Roland Emmerich (Stargate, El patriota) fabrica su peor película y la infografía vence de nuevo.
No es causal que en una nueva época de crisis económica y política mundial el cine de catástrofes vuelva a ejercer su poderosa fuerza de atracción, la misma que sedujo a las salas durante la década de los 70 (Terremoto, Aeropuerto, Atmósfera cero...) tras una guerra de similares proporciones polémicas. Poco ha cambiado el panorama teniendo en cuenta que este subgénero, salvo excepciones (El coloso en llamas), goza de una credibilidad sustentada básicamente en los efectos especiales. Pero tampoco es casual que sea el director alemán Roland Emmerich, especializado en destruir Nueva York una y otra vez (Independence Day, Godzilla), el que nos reconstruya los efectos apocalípticos de la naturaleza cuando se encuentra cabreada por la acción incontrolada e ignorante del hombre.
Un cambio climático podría acaecer en cualquier momento. En cuanto las corrientes marinas sufran una descompensación de su temperatura, una nueva glaciación no tardará en llegar. El héroe encargado de transmitir tales predicciones recoge el rostro de un actor veterano (Dennis Quaid), curtido en más de una batalla. Como era de esperar, los mandamases se muestran escépticos, no vayan a resentirse las arcas del país y pueda costarles un riñón el hecho de esforzarse en concienciarse. Qué haría, si no, un patriota del país que más contamina al planeta. Se trata de sensibilizarnos con el espíritu ecológico, y si esto fuera poco, nada mejor que un padre empeñado en rescatar a su hijo, a salvo en una biblioteca pública, el cetro de la razón, y acompañado de su única preocupación, un amor en ciernes con auras de Titanic, si no fuera por los lobos encargados (tradición escandinava) de inspeccionar el barco que ha anclado en mitad de la Quinta Avenida, en un espacio que nos retrotrae a la prehistoria, a un estado primitivo. Entre uno de los supervivientes del grupo en cuestión, nostalgia germanófila por la su pervivencia de la civilización suprema (hay que salvar, al menos, dos libros: Nietzsche y una Biblia de Gutenberg), lo que demuestra que Roland Emmerich no es superficial, algo de sociología quisiera mostrar. Los millones de muertos no importan (toda Europa y la parte norte de Estados Unidos se paraliza bajo el hielo), lo esencial es la supervivencia de la humanidad. En estados de caos, la representación del poder se convierte en un falso profeta policial, el perro sigue siendo el mejor amigo del hombre, y se va apagando el humor, menos cuando el presidente de los Estados Unidos perdona toda la deuda externa a los países sudamericanos que faciliten la entrada a sus paisanos. Y llegamos al desenlace, un happy end de bellas imágenes en las que el ejército recoge a sus compatriotas en las azoteas de los rascacielos. Una oportunidad para que el espectador, psicomágicamente, sacie su potencial de destrucción individual en un mundo que acabará por imponerle hasta su propia destrucción.
La Maga 
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