|
Las cosas que he hecho contigo, sólo las he hecho contigo
Siempre que entro en un cine lo hago con la esperanza de llevarme algo conmigo, y he reconocer que poquísimas veces ocurre. Suelen aparecer cositas rescatables, pero no pasa a menudo que puedas salir distinto a como entraste. Extrañamente, en los últimos tiempos, sucedió en "Conversaciones con mi jardinero" y "Once", con temas tan distantes entre sí como la amistad o el amor por la música; y es en "Un poco de chocolate", donde encontré mi tercera sorpresa del año.
Es la de Lucas y María, dos hermanos mayores pero muy vitales, una historia contada con ternura, en forma de suave caricia, que esconde detrás todo el peso de la auténtica vida, de la realidad. Es la manera en que se nos presenta, combinando elementos humorísticos con retazos cotidianos, sin querer cargar las tintas ni trascender más por la forma que por el fondo, lo que se agradece de la propuesta. No se trata de un resultado perfecto, ya que algunas maneras de presentar partes de la historia, no parecen demasiado acertadas (pienso en ese camino de velas); pero esto no mancha en absoluto el equilibrio final.
Ya desde el inicio, se aprecia el alejamiento de lo superficial. La humanidad con la que se nos describe tanto a los hermanos, como al recién aparecido Marcos, se gana al público de inmediato, y lo lleva hasta el final del camino, sin brusquedades, arrancando honestas sonrisas, pero sin poder olvidar lo serio de lo que se cuenta. No persigue provocar el sentimiento del espectador, sino que pretende hacerle cómplice.
Y emociona principalmente por las interpretaciones. Me gusta el tono reservado de Daniel Brühl, pero también el modo en que trata a los demás. Julieta Serrano cuida de Lucas, sin querer que éste se dé cuenta; y muestra toda la belleza que lleva dentro a través de su mirada. Bárbara Goenaga expresa ilusión sin palabras; transmite dulzura, e hipnotiza a la cámara. Su voz, sus gestos, su sonrisa, sus ojos, hacen que, cuando aparece, desees que el tiempo se detenga. Su historia podría haber merecido una película entera; pero, incluso eso, sabría a poco, cuando de la actriz más bonita que hay se trata (¡ojo!, no sólo en España...)
Toda esta magia, sin embargo, no habría sido posible sin una composición como la que vemos en Héctor Alterio. No se puede representar de modo más emotivo. Ese Lucas entusiasmado ante "las olimpiadas"; ante su sueño de ascender al Shisha parma; ante su recuerdo de los besos que Rosa le "escatimaba". Muchas son las escenas en que su espontaneidad desmonta; desde ese primer encuentro con Marcos, pasando por la invitación a cenar que le hace a la recién conocida Roma, y acabando con el beso de ésta... El último plano, "intolerablemente" largo para corazones indómitos, de ésos con los que uno aguanta hasta que puede. Todo, absolutamente todo de este Lucas que en el fondo tememos, llega.
JRC 
|