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Crítica de Lorengan a La naranja mecánica
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La naranja mecánica
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Nota media: 8,2  |
Año/País: 1971 /  |
| Director: Stanley Kubrick |
| Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Adrienne Corry, Warren Clarke, John Clive, Aubrey Morris, Carl Duering, Paul Farrell, Clive Francis, Michael Gover, Miriam Karlin, James Marcus, Geoffrey Quigley, Sheila Raynor, Madge Ryan, Philip Stone |
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| 8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil. |
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Lorengan
Zaragoza (España)
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Su valoración:  |
29 de Julio de 2008 |
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Obra incompleta. (El capítulo 21) Anthony Burgess Noviembre de 1986.
"Sin lugar a dudas, me había curado". El mismo Alex acaba siendo como una naranja mecánica. La película termina sin demostrar el libre albedrío de las personas, Alex no madura, si sólo puede actuar bien o sólo se puede actuar mal, no será más que una naranja mecáncica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo ( El Todopoderoso Estado, ya que está sustituyendo a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales. De eso hablan los noticiarios televisivos. Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear. Nos gusta morirnos de miedo ante visiones de destrucción cósmica. Sentarse en una habitación oscura y componer la "Missa Soloemnis" o la "Anatomía de la Melancolía" no dan pie a titulares ni a flashes informativos.
¿Qué pasa en el capítulo 21? En resumen, Alex, el criminal protagonista, crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción. La violencia sin sentido es una prerrogativa de la juventud; rebosa energía pero le falta talento constructivo. Su dinamismo se ve fozado a manifestarse destrozando cabinas telefónicas, descarrilando trenes, robando coches y luego estrellándolos y, por supuesto, en la mucho más satisfactoria actividad de destruir seres humanos. Sin embargo, llega un momento que la violencia se convierte en algo juvenil y aburrido. Es la réplica de los estúpidos y los ignorantes. Alex siente de pronto la necesidad de hacer algo en la vida, casarse, tener hijos, mantener la naranja del mundo girando en las manos de Dios, o incluso crear algo, música por ejemplo. Desea un futuro distinto.
A el libro de la versión norteamericana le faltaba y le sigue faltando el capítulo 21, (el último) el editor de Nueva York tenía otro juicio estético, veía el vigésimo primer cápítulo como una traición. Este era muy británico, blando, y mostraba una renuncia pelagiana a aceptar que el ser humano podía ser un modelo de maldad impenitente. Venía a decir que los norteamericanos eran más fuertes que los británicos y no temían enfrentarse a la realidad. El libro británico aceptaba la noción del progreso moral. Pero lo que en realidad se quería era un libro nixoniano sin un hilo de optimismo. Pronto se verían enfrentados a esa realidad en Vietnam.
Lorengan 
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