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La mujer sin estribos: Martel y el cine autorreferencial, los símbolos, el silencio y el ritmo
Desde sus inicios, el cine de Lucrecia Martel convocó fanáticos y detractores. Opiniones dispares entre enfermos del cine que derrochan mares de tinta para hablar sobre la gran cineasta argentina que, con su última película La mujer sin cabeza, se afianza como una de las grandes directoras, no sólo nacionales, sino también mundiales, como lo demuestran sus reiterativas participaciones en Cannes. Si bien el mito cinéfilo cuenta que La mujer sin cabeza fue abucheada en el prestigioso festival, otros afirman, por el contrario, que ni el abucheo ni los silbidos fueron tales como se han dicho. La película se inicia en una ruta desolada, unos niños pueblerinos corren sobre el descampado, un perro corre tras ellos. Serán las posibles víctimas de Vero, una odontóloga de la cual no tenemos casi nada de información sobre su pasado. Sólo sabemos que, ruta mediante, atropella algo en medio del camino. No sabemos qué es ni de dónde vino. El gran uso del cinemascope deja ver tirado un perro en medio de la calle, mientras Vero se aleja preocupada; con el transcurrir de los días Vero va a asegurar que atropelló “a alguien”. A partir de ese momento, la vida de Vero se transforma. Hace un click: desde sus rutinarios días de consultorio, su vida aburguesada de alta clase media, la vida familiar, la hermana, la madre, las sobrinas, las sirvientas, todo comienza a cambiar para Vero y el espectador se sumerge ante ese cambio: conocemos el mundo de Vero a través de la subjetividad de su óptica. Los planos se centran en ella, con un uso absolutamente genial del fuera de foco en los segundos planos. Pero ante todo, estamos en presencia de un viaje hacia el interior de una mujer que ha perdido, casi literalmente, la cabeza. Del pelo rubio, Vero pasa al negro. Llora en los lugares menos adecuados, se abraza con un albañil de la construcción en un baño. Está convencida de que atropelló “a alguien”, y su vida continúa con esa culpa, la de estar convencida de no haber atropellado a un perro sino a una persona. Las características del cine de Martel son patentes. Ruidos por doquier, sin centrarse en ninguno en particular, escenas donde “no-transcurre-nada”: cuerpos que cruzan la cámara de un lado a otro, escenas promiscuas entre familiares, incesto, diálogos fragmentarios y de alguna manera banales. Más allá de lo que pueda criticársele, la trama es convincente aunque no sé hasta qué punto se la fuerza. Se la explota al máximo, es cierto, pero nunca conocemos qué fue lo que Vero atropelló y las interpretaciones se expanden como fuegos artificiales en un cielo oscuro de Navidad. Lo que menos me interesa, es encararla por el lado cuasi político que declaró la cineasta: largas patillas, el uso indeterminado de una música setentista y el perro muerto en la ruta como una alegoría de desaparecidos de la dictadura, y la culpa de la clase media por esconder y silenciar lo horroroso.
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(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Más allá de esta interpretación, lo interesante es ver cómo el mundo de Vero se disgrega y muta hacia una decadencia irremediable, donde la culpa y la conciencia de haber dado muerte a una persona-perro llegan a límites insospechados. Ese gran relato que es La mujer sin cabeza, se compone yo creo de múltiples, microrrelatos que nunca se cierran y que superan los límites de la pantalla (de ahí que sea necesario el uso del cinemascope). La tensión general, la preocupación de Vero, se mueve entre pequeñas tensiones de la vida cotidiana, silencios que dejan entrever muchísimas palabras que no se dicen, y que particularmente me fascinan. Ese es mi amor hacia este tipo de cine, que podríamos encuadrar dentro del cine argentino actual, con otro gran referente (pero en otra línea) como el de Lisandro Alonso. Los elementos con los que juega Martel son tópicos que ya vino rozando en sus films anteriores, en mi favorita La ciénaga, y la mediana pero buena al fin, La niña santa. Un cine que proyecta poesía, que dice poco aunque deja entrever todo lo que no está dicho; todo está como velado y la muerte del perro es la excusa perfecta para que Vero tome conciencia y recapacite de que las sirvientas, los jardineros, y los niños que pasan por sus casas, también son personas aunque pertenezcan a una clase social más baja. Estas partículas simbólicas tejen una película psicológica, con algunos elementos fantásticos (como la señora tirada en la cama que ve personas que no existen en una cinta de video). El ritmo es exacto. Son los propios diálogos, minimalistas, los que marcan el ritmo lento y pausado. La ambientación, como siempre, más que cuidada con una Salta de fondo que se mete las costumbres de la vida ordinaria. Nada permanece al azar y las situaciones y escenas están muy cuidadas. La mujer sin cabeza no dejará a nadie indiferente. Eso es seguro.
Rimbaud 
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