Mayor, menor (mediana, quizás), el caso es que me gusta Woody Allen. Un tipo que nos brinda las turgencias de la Johansson en traje de baño y que es capaz de hacer trucos de magia al atravesar -no tan- alegremente la laguna Estigia, tiene que ser un buen tío. Por fuerza.
Allen llena el vacío existencial dándole rienda suelta a su laringe. Trata de combatir el miedo (nuestro miedo) a la muerte por medio de una tromba interminable de vocablos. Construye un muro de chistes y ocurrencias con la ciega esperanza de que no le alcance su guadaña.
No se salvará, qué duda cabe. Todos estamos condenados. Pero su verborrea incontinente contribuye a limar las asperezas del camino, este camino hermoso y triste a ningún sitio.
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En el spoiler, quisiera desfacer un pequeño entuerto mencionado en otra crítica. Jok habla de un fallo imperdonable. Yo creo que no hay tal. Sigo más abajo.
spoiler:
Betty G. no es la última prostituta asesinada sino una de las primeras (lo dice el propio personaje encarnado por Woody Allen: "...entre las primeras víctimas he encontrado a una llamada Elisabeth G..."); la que muere al final es víctima del verdadero asesino del tarot (de ahí que todas las pruebas coincidan, como menciona el periodista al que acuden Sondra y Sid).
Peter Lyman (el guaperas ricachón) mata a Betty cuando su secretaria estaba viva y esa acción es anterior a lo que se ve en la película. Por eso la secretaria menciona lo del gemelo perdido. La prostituta a la que matan cuando Sid y Sondra pululan por las umbrías calles de Londres no era Betty sino la última víctima del asesino en serie. ¡No es Peter quien la mata!
El equívoco estaba servido (al ser avistado el pijo apuesto por la pareja de protagonistas la noche del postrer asesinato) para enredar a los espectadores en la trama, pero no hay error en el guión.