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La culpa
Segundos después de ver esta película uno se siente cómplice. No me entiendan mal, pues aunque usted no haya hecho nada será, como espectador, complice único de un crimen.
Nadie más que usted lo sabrá, pero será capaz de ver con otros ojos, de analizar con otra mirada, de hacer una síntesis de la radiografía de un culpable que lo está pasando jodidamente mal; de Álex, (porque el culpable tiene nombre y no piensa hablar), otro inadaptado más del último cine de Gus van Sant. No aparte la mirada, no cierre los ojos. Piense en lo que ve, en lo que hay en los largos travellings (ya típicos de van Sant), reflexione, pues si usted no lo hace nadie lo hará. Maravíllese con la dirección de fotografía de Christopher Doyle (que tanto ha ayudado al cine preciosista de Wong Kar wai) en otra faceta distinta; más áspera, real, cruda pero a fin de cuentas hermosa. Escuche; pues hay sonidos, hay música en este film que nos ayuda a entender estados de ánimo; muchos géneros distintos para una misma culpa.
Una carta, una epístola en llamas purificadoras para una culpa inconfesable. Un mundo difícil para nuestro protagonista. Hay problemas en el mundo, pero ¿porqué pensar en ellos sí los nuestros son ya una tortura?.
No agache la cabeza mientras ve la película, no pierda de vista a Álex. Observe su conducta, sus expresiones. ¿Qué no ve nada?, mire bien, hágase el favor y sucumba ante la sutileza que se nos propone. En el Paranoid Park, en la ducha, mientras camina por la calles o el instituto.
No me llame paranóico. No me invento nada. Todo (y lo que se me habrá escapado) está allí; en el encuadre. Hágase una pregunta: ¿hasta dónde está usted dispuesto a ver la culpa?
Gus van Sant nos da las herramientas, usted tiene la mente. Disfrute de este magnífico film.
Kingsley 
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