“Los caminos del Señor son inescrutables”, reza el dicho popular. A partir de ahora habría que añadir “y los gustos de los espectadores también”. Por mucho que me devane los sesos tratando de comprender cómo es posible que la nueva adaptación de King Kong provoque tantos y tan airados recelos entre las audiencias, seguramente jamás lograré descifrar las verdaderas razones por las que los espectadores abominan de esta magnífica película de aventuras. No obstante todo será cuestión de comenzar a dilucidar una serie de conjeturas que me ayuden a desentrañar tan incomprensible misterio.
Peter Jackson es un director con una tendencia demasiado peligrosa a la desmesura. Ya lo demostró con la progresiva (y agotadora) espectacularidad de su anterior trilogía y lo vuelve a dejar bien claro en esta película. Huelga decir que sus filmes recientes ganarían mucho si el neozelandés y su montador se mostrasen menos generosos en la moviola. Supongo que para todo cineasta es doloroso dejar en la recámara fragmentos de celuloide que, por una u otra razón, le resultan imprescindibles, pero la capacidad de síntesis es algo de extrema importancia en el mundo del cine. El alargar durante tres horas una historia que en su versión original apenas duraba 90 minutos no deja de ser un ejercicio de megalomanía tan fascinante en su desbordada espectacularidad visual, como discutible (y criticable) por lo reiterativo y cansino de algunos sus hallazgos. Es evidente que a la película le sobran minutos. Bastantes minutos. Y alargar hasta el agotamiento las escenas de acción no asegura un mayor entretenimiento en el público.
¿Por qué se dejó llevar de ese modo por su vena más megalómana y desproporcionada? Supongo que el caramelo que tenía delante era demasiado apetitoso como para no hincarle el diente con verdadera saña. Y es que Peter Jackson ha podido hacer, tras el brutal éxito comercial y artístico de su trilogía El Señor de los Anillos, la proeza que todo cinéfilo desearía llevar a cabo al menos una vez en su vida: versionar su película favorita, aquella que le hizo abrir la boca de par en par frente a una pantalla de cine por primera vez, alargándola, modificándola a su antojo, poniendo aquí y quitando allá, dando especial relieve a todas esas cosas que lo conmovieron y emocionaron cuando era niño y eliminado las que menos le gustaron… ¿quién no ha soñado alguna vez con “perfeccionar” esa obra maestra que tantas y tantas veces hemos visto pasar ante nuestros ojos? A Jackson, el nuevo rey Midas de Hollywood, le han dado carta blanca para hacer todo eso y mucho más.
spoiler:
No voy a entrar a debatir aquí si este nuevo remake es superior, igual o inferior al clásico de 1933, tarea completamente estéril por lo absurdo de su planteamiento. Tratar de comparar dos filmes separados por más de 70 años me parece de una ridiculez absoluta. Muy ciego hay que estar para no darse cuenta de lo mucho que ha evolucionado el cine a lo largo de los años, y no me refiero solo al imparable perfeccionamiento de los efectos especiales. Solo reseñar que en esta ocasión los personajes del filme, que más o menos siguen siendo los mismos, están tratados con algo más de profundidad (no en vano Jackson se toma su tiempo para presentarlos debidamente en la primera parte de la película), especialmente el de Anne Darrow (estupenda Naomi Watts), que adquiere un rol mucho más activo que el del clásico del 33, donde se limitaba a chillar espantada una vez que el gran simio irrumpía en pantalla. Aquí la heroína ya no es la damisela dulce y quebradiza de la primera versión que entre desmayo y desmayo esperaba que los hombres acudiesen a rescatarla. Los tiempos han cambiado.
También el lado romántico del filme, prácticamente inexistente en la versión original, está aquí mucho más desarrollado, algo que es de agradecer, pues nos regala escenas realmente memorables, sobre todo en las calles de Nueva York, el lago helado de Central Park y lo alto del Empire State.
Dividida en tres actos claramente diferenciados (sin lugar a dudas el mejor es el tercero, el único al que yo no le quitaría ni un solo minuto de duración), la película llega a agotar conforme pasan las horas, es cierto, y le sobran bichos, escenas de relleno y alguna persecución, pero del mismo modo que Jackson evidencia sus defectos como director en más de una ocasión, no se puede negar que también deja bien a las claras que, en fin, no será un genio del séptimo arte, pero algo de talento si que tiene a la hora de hacer cine de entretenimiento (aunque a veces se exceda). Y es que con empacho de efectos digitales (soberbios, dicho sea de paso) o sin ellos, la película es un espectáculo de primera categoría, una auténtica montaña rusa, vibrante, monumental y emocionante, cine de aventuras del que ya no se hace, desmesurado, grandilocuente y agotador, trufado de homenajes a los clásicos de los años 30 y 40, al cine palomitero de toda la vida, al cine de ver para pasar el rato, sin mayores pretensiones que las de evadirse durante un par de horas.