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La Ley de Murphy, Vol. 1
Si las gentes que comparten lazos sanguíneos de alguna de las maneras, acaban viviendo lo más separadas posibles, será por algo. Y es que en reuniones grandes, se masca la tragedia. No todo el mundo puede calcular todo al milímetro, examinar cada recoveco situacional y esperar que no haya ni un mínimo problema, porque vale, lo mismo sucede que todo va como la seda por alguna extraña razón, y al final, pues perfecto. Pero es que, como por cualquier motivo, suceda que alguien meta la pata y haya un incidente, estamos aviaos. A partir de entonces, el efecto dominó hace acto de presencia, y ya, a partir de ese justo momento, todo irá de mal en peor, hasta puntos de verdad infernales y surrealistas, en los que uno no sabe si es todo un sueño, una broma pesada, una deconstrucción de la realidad en torno a las dimensiones de fantasía de la literatura que han acabado engullendo la realidad tal y como la conocemos, o qué diablos ocurre.
Los individuos tratamos siempre de mantener la compostura, sobre todo en algo tan serio como un funeral, que joer, es una reunión sobre la muerte. Se supone que es algo serio. Pero lo que digo, que algo sale mal, y a ver quién es el guapo que aguanta esa risa macabra que nos sube siempre en el peor momento, es decir, en las situaciones más serias. Una falta de respeto que, al fin y al cabo, no es culpa de nadie, únicamente es un impulso destructivo de Murphy, que quiere aguar todo. La tostada siempre cae por el lado de la mantequilla, y, por eso mismo, cualquier caída humana (literal o figuradamente) va a caer por el peor lado, por el que más daño haga y haya mucha más dificultad de recomposición. La muerte, al fin y al cabo, dicen que es una enfermedad o algo así. En ese caso, desde luego es muy contagiosa, y donde hay un ataúd, lo mismo faltan unos cuantos. Por lo menos el ataúd de la vergüenza, de la reputación y de la dignidad. Y el de la seriedad también, porque aunque lo neguemos, lo más serio y macabro es lo que acaba haciéndonos más gracia.
Que nos reímos en la cara de la muerte, o eso dicen. Pero no es eso, es culpa de los contrastes (y la sociedad, que nos corrompe). Si en una situación lúgubre aparece un mínimo halo descacharrante, lo ampliamos a la máxima potencia, y a partir de ahí va en aumento. Y encima las personas humanas creemos que nuestra mano va a solucionar los entuertos. Ay, pobres que somos. Seguimos sin hacer caso a la ley de Murphy, y, al igual que no hay nada a prueba de tontos, porque los tontos son muy listos, no hay nada que con la inteligencia se pueda hacer, porque en realidad somos muy tontos, o el mundo lo es. Y claro, todo al final acarrea penosas consecuencias. Si está claro que cuando hacemos algo sin querer, lo hacemos mejor que cuando tenemos intención. Pero vamos, de calle.
O sea, que descacharrante película. Con grandiosos personajes. Breve (que si bueno, dos veces bueno). Absurda e inteligente a partes iguales. Una comedia de las que hacen reír.
Erizio 
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