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Mentes
Mente en blanco, la del guionista
Cuando uno tiene una idea medianamente imaginativa entre manos, no puede permitirse el lujo de despilfarrarla en pro de una especie de intriga que se va amedrentando para que el espectador conozca más detalles e intente resolver un misterio cuya conclusión rota entorno a las vueltas y giros que se le quieran otorgar a una conclusión desatinada y que solo atiende a las ínfulas del mismo guionista por ofrecer un final sorpresivo y de esos que descolocan.
Además, si esos giros finales a lo único que contribuyen, es a que el espectador no de crédito a lo que esté viendo por la cantidad de agujeros o tópicos que contiene la resolución, significa que la labor del guionista no ha resultado demasiado eficaz.
Mentes sin color, las de los intérpretes
En el momento en que actores de la talla de Jim Caviezel, Greg Kinnear, Joe Pantoliano o Barry Pepper (entre otros), recurren a subproductos como este, donde el talento se ve eclipsado por un entramado que parece ser lo único importante, y su labor queda restringida al triste y simple boceto que unos cuantos quieran realizar sobre sus personajes, significa que algo de color falta en sus carreras. Color y vivacidad.
Mente traslúcida, la del director
Por poseer ideas tan claras de como y de que modo llevar a la gran pantalla una historia que, en otras manos, habría podido ser poco concisa y muchísimo más efectista.
El uso de la cámara es suficientemente adecuado, sin resultar molesto, la banda sonora ambiental contribuye a añadir su puntilla y el ritmo se adecua a la perfección con las dos historias que se pretenden contar.
Mente en negro, la mía
Pues al terminar la cinta, uno no puede agradecer más que eso: Haber tenido la mente en negro y totalmente desconectada durante exactamente el total transcurso del film. Y se agradece, aunque no por ello se apruebe.
Podría haber dado para más. Otra vez, relean el guión antes, please...
Grandine 
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