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De Moraes, Walt Whitman, la ciudad y su lluvia
"La vida es el arte del encuentro", decía el poeta y músico Vinicius de Moraes. Entonces Woody Allen, es un verdadero artista de la vida.
Como una especie de Walt Whitman cinematográfico, el semita ha concebido durante su carrera, la ciudad como aparato de representación de la sociedad. El individuo se comprende como el ente que da vida a un montón de piedras y cemento, una frialdad que se trasmite en el hervir inalcanzable del gentío, ya sea de Nueva York, Londres o Barcelona.
De esta forma se plantean las relaciones de hoy, pero también la vida, la pérdida, la religión o el deseo, con una maestría que provoca más de un escalofrío a lo largo del metraje, y que consigue con soltura que te enamores de estas tres hermanas, de su soledad y sus problemas, destacando la dirección tanto en escenas cómicas como en escenas de amor (acaramelada pero preciosa lectura del poema de EE. Cummings: "ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas").
Con varias escenas de levantarte y aplaudir, unos actores que se salen por los cuatro costados, y un guión compensadísimo entre la seriedad y el surrealismo, Woody Allen firma una de sus obras maestras, una de sus inconfundibles travesuras que te hacen emocionarte con su añoranza lírica y reir, debatirte en la moral de las fantásticas caracterizaciones, y disfrutar de una técnica más que notable en la fotografía y la música.
Una película que, en fin, resulta un grito de pasión por la vida, pero también de tristeza por el paso del tiempo, por la soledad y porque, al final, la vida es sólo el arte del encuentro, y después de cada encuentro, queda el vacío de saber que el tiempo y el espacio nunca son suficientes.
Imprescindible.
bela lugosi ha muerto 
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