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Impecable.
En esta película está todo lo necesario para contar una historia. Sólo por el uso de los resortes visuales de los que hace gala Coppola ya merece la pena. El montaje es funcionalmente perfecto (y no sólo por el famosísimo final), los planos siempre en su sitio (se alargan, se acortan; se acercan, se alejan... Siempre según las estrictas necesidades de la sensación a generar en la secuencia correspondiente: tensión, violencia, ritmo, pausa...).
Plano largo, pausa, plano medio, se acelera el montaje, plano corto, menos segundos entre corte y corte, plano detalle de rodillas y piernas, un segundo apenas, disparos... Ya está. Calma de nuevo, pausa. La cámara se aleja, se derrumba el todopoderoso, nos lo retrata pequeño, humano, vulnerable. Vencido. No se puede rodar de forma más perfecta que en el asalto a Vito Corleone. Esa escena quizás otro director, si se pone y lo intenta, podría rodarla mejor, pero no de forma más perfecta académicamente.
Y así toda la película. Académicamente toca techo.
Coppola, con su estilo reposado y clásico, nos dio una lección maestra de narrativa. Es apabullante comprobar su conocimiento del medio, su precisión en cada momento.
Desde luego la cinta tiene el nombre que tiene por ser probablemente la mezcla más lograda jamás rodada(perdón por la cacofonía) de calidad cinematográfica y comercialidad. Nunca ambos valores estuvieron tan bien ensamblados y equilibrados. Y también por incorporar elementos que ya desde su gestación se intuían míticos: la interpretación de Brando y Pacino, la música de Nino Rota, los diálogos lapidarios...
En mi opinión no está entre las 10 ni las 20 mejores películas de la historia del cine. Pero sí entre las 10 o las 20 más perfectas y precisas.
Imprescindible por su academicismo de rotunda minuciosidad.
Mención especial para un Sterling Hayden ya en la recta final de su carrera. Un actor de gesto adusto y hombros de plomo, un rostro que podía encarnar la maldad y la corrupción de manera genial, pero también la duda y la fragilidad del que juega en el alambre y la bondad del duro, del desplazado. Y todo sin cambiar apenas de registro, con solo relajar o no los pómulos. Una cara para el cine, una cara para siempre. Junto a Robert Ryan, uno de los mejores rostros para jugar al póker que jamás se han visto en la gran pantalla.
Bloomsday 
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