|
La (poca) vergüenza de un presidente
El escándalo Watergate, el Impeachment, la dimisión de Nixon, una nación bastante cabreada y dividida, y sacudida por el trauma de Vietnam... Y, aún así, el ex-presidente mantenía la orgullosa cabeza en alto, negándose a admitir ante los medios los innobles e ilegales actos y decisiones que le condujeron a la inevitable caída.
Astuto y en su papel digno, siempre sabía cómo darle la vuelta a la tortilla en cualquier declaración que hiciese. Muchos seguían defendiéndolo y otros no se atrevían a sacarle la verdad que no quería admitir sobre sí mismo.
Y, en ese panorama de ocultismo, de ebullición y de dudas, un periodista que presentaba ligeros programas de espectáculos en Australia y en Inglaterra tuvo una corazonada. David Frost, un presentador de televisión que empezó siendo humorista y que no se había dedicado a la prensa seria, invirtió en su proyecto todo lo que tenía. Quería conseguir lo que nadie había conseguido: entrevistar a Richard Nixon y extraerle una confesión sincera y contrita.
Parecía el menos indicado para la tarea. Él, un periodista joven, simpático y carismático que se dedicaba a las variedades y al entretenimiento de la audiencia, ¿iba a ser capaz de golpear donde más le doliera al ex-presidente, al viejo zorro que se las sabía todas?
Frost, positivo y nada derrotista, apostó por el éxito en una empresa en la que nadie habría apostado por él.
Ron Howard, no de una forma esplendorosa pero al menos sí bastante decente, se embarcó en este drama político sobre la corrupción que llevó nada menos que a un presidente de los Estados Unidos a la vergüenza pública, y que fue puesto definitivamente en evidencia ante el mundo entero gracias a la profesionalidad de un periodista por el que nadie habría dado un céntimo.
Vivoleyendo 
|