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La supremacía del cine
Chang-wook Park se ríe de todos nosotros, se ríe del cine, se ríe de las normas y las imposiciones, se ríe de los estilos y géneros del cine. Se ríe hasta la saciedad y mientras nosotros nos preguntamos de que nos está hablando.
A Chang-wook Park le trae sin cuidado mezclar géneros incluso en una misma escena. Todo lo que hace roza lo amargo, lo triste, lo divertido, lo racional e irracional, lo bizarro, lo transgresor. Lo ridículo y lo dramático.
Es como si la película se hubiera trasladado de su cabeza a nuestros sentidos, sin pasar por ningún filtro, sin admitir ningún tipo de límite o censura cultural, social, o incluso narrativa. Deslizando al espectador imágenes en forma de un puñetazo en el estómago... lo que aquí vemos es la definición del término cine en su mayor expresión.
Chang-wook Park realiza una película enclavada en la tesis de la venganza. Y Tarantino, que siempre se mostró gran admirador de este director y de esta obra en cuestión tiene motivos para hacerlo. La venganza narrada en Kill Bill por el Sr. Tarantino no llega ni por asomo a la venganza diseñada por Park.
Min-sik el actor principal realiza un trabajo de una fuerza avasalladora y realiza escenas de una dureza difícil de admitir. Mi respetos a este gran actor.
Chang-wook Park desorienta al público en esta perturbadora, sádica y brutal película durante la mayor parte del metraje. Le trae sin cuidado, sabe a donde quiere llevar la historia, y sabe como hacerlo. Park no se limita a contentar al público con un final a la altura de la película, sino que firma el final más impactante en muchos, muchos años.
Lo mejor: La aparente sensación de vacío narrativo lleno de miles de caminos por recorrer para quien sepa verlos. Los actores. La brutalidad y la entereza con que Park lleva toda la película. Los últimos 20 minutos prodigiosos, brutales, hipnóticos. El plano final, indescriptible.
Lo peor: El desconcierto que siente el espectador durante la mayor parte de la película.
Argay 
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