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Vestigios de guerra
La guerra les unió para combatir, y la guerra les descompuso, destruyó y alejó definitivamente. Es la guerra de los vestigios, una guerra que empieza mostrándoles una serie de valores e ideales y termina por derrocar toda expectativa de que personas que algún día aspiraron a algo, salgan del atolladero de desgarro y perplejidad en que esta les ha dejado inmersos.
De ahí, sale una historia que nos envuelve en un pálpito de tensión y logrado dramatismo para transportarnos a la vida de un padre al que el ejército le dio bastante (una vocación, un sustento, algo con lo que salir adelante..) y se lo arrebató del mismo modo (sus dos hijos), un padre al que, cada vez que sonríe, lo hace amargamente, que examina cada recoveco de aquellos que le rodean, desconfiando y dejando que le arranquen siempre cualquier elogio que, por si solo, nunca saldría de su boca, y un padre que, con una sombría y agotada mirada, deambula intentando encontrar una respuesta.
"En el valle de Elah" es un testimonio angosto y desgarrador, que se acoge a una intriga rutinaria y unas sensaciones únicas, para hablarnos de una guerra que conocemos en su superficie, pero cuyas consecuencias pueden rebasar lo inimaginable para tejer una sencilla tela sobre todos aquellos que no pueden sostener lo que se les viene encima, y se derrumban, como si nada.
Las interpretaciones encauzadas por un Tommy Lee Jones, que se ha topado con un grandioso año ante él, y por una Charlize Theron que, cuando acepta papeles medianamente serios, suele atinar, rayan un nivel digno de elogio, y confieren al segundo largometraje de Paul Haggis una potente base sobre la que asentarse, amen de esa asombrosa trama que, caundo se acoge a sus viscisitudes más dramáticas, arrolla con todo e impacta con una fuerza tremenda, tanto, que ni el propio desazón de la historia que se nos cuenta, nos quita de encima la vivacidad de unos personajes tan apagados como humanos. Personajes que te clavan la mirada y transmiten más que cualquier otra artimaña. Artimañas que sólo se juegan en la guerra, y no valen ni para volver la mirada atrás con algo de entereza.
Grandine 
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