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El hombre que nunca quiso arriesgar
La verdad es que soy un gran desconocedor de la filmografía de Ron Howard, uno de los escasos (quizás, el más representativo) representantes de lo que en Hollywood se conoce como “artesanos”, esos directores de estudio, encargados de llevar a cabo (gracias a su buen oficio) los más diversos proyectos, siempre con clara vocación comercial.
Pues bien, aparte de ésta, sólo he visto "Una mente maravillosa", la película que lo consagró con cuatro Oscar. Una película, a simple vista, con más pretensiones que el resto de su filmografía, plagada de títulos hechos para el puro entretenimiento. Y una película que no pasaba de correcta. Correcta factura, correctas interpretaciones, correcto guión. Pero no pasaba de ahí. La película no asumía ni un sólo riesgo, no había nada en ella diferente o que no fuera convencional. Una película hecha para ganar premios en Hollywood.
Tras el paréntesis de "Desapariciones" (que, por cierto, nadie vio), Howard y Grazer vuelven a la carga con un producto muy similar al que les dio las estatuillas. Si algo molesta de películas como "Cinderella man", es ese tufillo de estar hechas pensando en las nominaciones que le pueden caer.
Por lo demás, es la típica película hollywoodiense, para bien y mal. Impecable factura técnica, rodada con oficio, entretiene, no se hace pesada en ningún momento, emociona en algún momento (lo mejor del filme, la secuencia en la que el boxeador pasa la gorra ante los magnates), cuenta la típica historia de superación personal, el sueño americano, los buenos sentimientos...
El problema sigue siendo la falta riesgo, la previsibilidad, el que sea la típica historia de superación personal, que tenga momentos del sentimentalismo más facilón y obvio, que no nos cuente absolutamente nada nuevo (ni en el contenido, ni en la forma) y, como ya he dicho, que parezca tan preocupada en llevarse premios.
Como cualquier producción de este tipo que se precie, tenemos a dos estrellas en los papeles principales. Dos estrellas que corren distinta suerte. Mientras Russell Crowe hace una creación bastante convincente de su personaje, el cual es capaz de llevar el peso de la película sin mayor problema; su acompañante es la cada vez más insoportable Renée Zellweger, empeñada una y otra vez en utilizar los mismos gestos y las mismas horrorosas muecas; ya sea una contemporánea Bridget Jones, o una vaquera en la Guerra de Secesión, o esta esposa de boxeador en los años de la depresión. Junto a ellos, encontramos a un secundario de lujo, el gran Paul Giamatti. Aunque este no es, ni de lejos, su mejor papel (ni su mejor interpretación) se come a cualquiera que pase por allí.
Si le gusta los productos made in Hollywwod, no saldrá defraudado. Si, por el contrario, ya están bien servido de este tipo de producciones, y quiere algo que le pueda sorprender, busquen propuestas más estimulantes.
kikujiro 
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