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Cine negro en estado puro
"Es el amor lo que mueve al mundo... El amor al dinero."
Un ladrón de la vieja escuela que ha cometido un error. Un mafioso de medio metro que tiene la sartén por el mango. Un joven impetuoso con ganas de destacar. Un robo por todo lo alto, lingotes de oro en paradero desconocido y, por supuesto, falsas apariencias y traición por todas partes.
Una auténtica pieza de museo nacida de la pluma del genial dramaturgo David Mamet (autor del guión de la no menos genial "Los intocables de Eliot Ness), que reúne todos los ingredientes básicos de las viejas películas de género para crear un maravilloso juego de engaños por donde pasean estafadores, mafiosos y ladrones.
Mamet nos sumerge en una historia plagada de amoralidad, pero sin darnos tiempo a tomar oxígeno, y pronto el espectador se ve inmerso en el aparatoso robo de unos lingotes de oro que permanecerán mucho tiempo ocultos, y por los que se sucederán una serie de acontecimientos que pondrán a prueba la frialdad y los nervios de Joe Moore (Gene Hackman), un ladrón de los de antes que no tiene un pelo de tonto.
A un soberbio guión que destaca por sus giros inesperados (bueno, algunos no tanto) se le une las impagables actuaciones de Gene Hackman (el eterno "Popeye" Doyle de "French connection") que desborda la pantalla en su papel del viejo profesional hastiado, y Danny DeVito, ese enano con tamaño en proporción indirecta con su talento, que viste chaleco ajustado para recordarnos que estamos ante una vieja historia de hampones que no se fían ni de su sombra, y con razón. Completan el cocktail secundarios de la talla de Delroy Lindo y Ricky Jay, además de un Sam Rockwell que destacará en otra de timadores, "Los impostores", esta vez a las órdenes del mayor de los Scott. (Quizás se echa de menos a uno de los habituales de Mamet, Joe Mantegna, que brilla en otras películas del autor como "Casa de juegos" y "Homicidio")
Dos horas de genial cine negro en estado puro que nos vuelve a brindar Mr. Mamet para disfrute de los espectadores, que permanecerán pegados a la pantalla de principio a fin, aunque tan sólo sea para saber dónde está el maldito oro, eso sí, sin confiar nunca en nadie.
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