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Los huérfanos de la guerra
Emocionante film, escrito por Cesare Zavattini y Sergio Amidei. Realizado por Vittorio De Sica, es su primer trabajo importante. Su estreno en Italia (27-IV-1946), diez meses después de la finalización de la IIGM en Europa, es acogido con frialdad e indiferencia por el público, pese a obtener el Nardo d'Argento ("Silver Ribbon") a la mejor dirección. Es premiado, además, con una nominación a un Oscar (guión) y la concesión de un Oscar honorífico, el primero que recibe un film extranjero.
La acción tiene lugar en Roma y alrededores, en los primeros meses (invierno) de 1946. Las dudas que suscitan algunos comentarios sobre el lugar de la acción (Roma o Nápoles) no se sostienen ante el Palazzo di Justizia (Roma), las placas de matrícula de los coches, la placa del furgón de la policía y la presencia reiterada de las aguas encalmadas del Tíber.
De Sica, treas 6 años de experiencia en la dirección de cine, crea una obra deslumbrante, tierna y bellamente dramática. Desarrolla la narración en terminos documentalistas, con el propósito de mostrar sin artificios y con credifilidad una realidad trágica. Se sirve de actores mayoritariamente no profesionales y sin experiencia, hace uso exclusivo de escenarios reales desprovistos de retoques y añadidos y filma directamente sin efectos especiales y sin trucos ópticos. Con respeto y cariño se deja cautivar por la inocencia, la sencillez y la espontaneidad natural de unos niños enfrentados a un destino trágico y a unos adultos de sensiblidades rotas por años de guerra y desesperanza.
La obra es un espléndido retrato de los niños de la Posguerra, huérfanos de padres, afectos, atenciones, comprensión y apoyo. Es un testimonio desolador contado con emoción contagiosa y dolor contenido. Es una denuncia lúcida, expuesta con amargura y finísima ironía. La cinta combina sorprendentemente realismo, fantasía y sueños infantiles, como la compra de un caballo gris/blanco. Compone, además, un final rico en indicaciones y sugerencias simbólicas, fruto de la mano de Zavattini.
La fotografía, de Anchise Brizzi ("Otelo", O. Welles, 1952), se presenta muy cuidada y bien construida. Cabe destacar el travelling inicial, de gran dinamismo, las tomas en el interior de la prisión y la vibrante secuencia del incendio del proyector. La música, de Alessandro Cicognini ("Ladrón de bicicletas", De Sica, 1948), sencilla y emotiva, está puesta al servicio de los sentimientos que suscita la acción. La progresión dramática, admirablemente administrada, y la evolución de los personajes delatan la maestría del realizador.
Miquel 
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