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Yo que pensaba no verla jamás, y al final he picado el anzuelo.
Una monitora de campamento nos contaba historias de miedo a la luz del fuego en el monte Urbasa.
Cuando se percató de que a su grupillo de boy-scouts lo que le llamaba la atención era su escote y no sus palabras, comenzó a adornar sus historias con verborrea, gesticulación y exclamaciones.
No sabía impresionar con narración sencilla.
Un montaje epiléptico, golpes de sonido, efectos de luz, imágenes desagradables, cámara rápida, cámara lenta y planos pretenciosos, entre otros efectismos, conforman la orla con la que el señor Aronofsky ornamenta esta historia para conseguir impactar.
Ellen Burstyn y la música. Lo demás, basura.
Pero lo que realmente nos debe preocupar es el enorme número de órganos perceptores engañados por esta distorsión visual que puebla los jurados de los festivales de renombre desde hace ya algunos años. Podían marcar tendencia. Y así fue.
Dios nos pille confesados.
Sines Crupulos 
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