No por previsible, lacrimógena y locuaz en exceso la peli de Becker deja de ser una agradable sorpresa. Y lo es, básicamente, por su naturalidad, modestia y frescura. El casual reencuentro entre dos viejos amigos de la infancia a quienes el destino ha deparado desigual fortuna pone de manifiesto esa vieja máxima que afirma que la verdadera amistad no necesariamente debe ir asociada a ese status social, económico o cultural en el que nos encontramos instalados. Cierto es que casi siempre nuestro círculo de amistades procede de un determinado status pero -al margen de infames condicionantes como el interés, la imposición o la comodidad- la amistad suele brotar de ese quimérico terreno abonado con todo aquello que ansiamos o necesitamos. Sí, no nos engañemos. Somos así de egoístas. Algunos, la mayoría, buscarán a través de sus amistades ‘pasta’ o reconocimiento social. Otros buscaremos, además, buen humor, conocimientos, sensibilidad... Qué más da!. Todos necesitamos cubrir, en definitiva, unas determinadas carencias.
No resulta, por lo tanto, extraña esa repentina afinidad entre un acomodado pintor (Daniel Auteuil) y un ferroviario prejubilado (Jean-Pierre Darrousin). Aparentemente antagónicos, ‘Deljardín’ y ‘Delpincel’ acabarán aportándose recíprocamente un afectuoso y desinteresado soporte vital que culminará en un desenlace tan emotivo como sincero.
spoiler:
Resulta curioso pero, algo parecido pero inversamente proporcional a lo que ocurre en la peli acontece también en FA... ¿Alguien podría decirme si ha establecido algún tipo de vínculo más allá de la estadística con alguna de sus ‘almas gemelas’?. Yo, no. Supongo que porque, en mi caso, nunca me aplicaría aquello de ‘Dios los cría y ellos se juntan’. Y es que jamás estaría dispuesto a soportar ni un instante a nadie que se me pareciese remotamente.