Añadir a mi grupo de amigos/usuarios favoritos
Puedes añadirle por nombre de usuario o por email (si él/ella ha accedido a ser encontrado por correo)
También puedes añadir usuarios favoritos desde su perfil o desde sus críticas
Nombre de grupo
Crear nuevo grupo
Crear nuevo grupo
Modificar información del grupo
Aviso
Aviso
Aviso
Aviso
El siguiente(s) usuario(s):
Group actions
Voto de Vivoleyendo:
7
Voto de Vivoleyendo:
7
6,4
5.422
3 de abril de 2010
3 de abril de 2010
25 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Marguerite Duras deja traslucir su infancia y juventud en la Vietnam de la Indochina francesa. Las atmósferas densas, húmedas, calientes y sensuales, con la textura de la levedad y de lo efímero borrado por los aguaceros tropicales, impregnan cada palabra de una escritora que condensó la esencia del deseo y del amor más primitivo en sus novelas.
Duras rompía con las convenciones en esos ambientes heterogéneos y lavados de lluvia, pero rígidamente encorsetados, y abría los diques de la pasión, la sordidez y la desdicha en un férreo sistema social de jerarquías y segregaciones donde ciertas cosas no se podían concebir ni pronunciar. Vietnamitas, chinos y franceses mantenían una brecha infranqueable. La distinción entre unos y otros bastaba para disuadir, al menos de puertas afuera, de cualquier intento de saltarse las reglas.
Pero una tarde soleada una chica es la única blanca entre todos los pasajeros de un trasbordador. Es casi infantil, de trenzas castañas, rostro invitador, tocada graciosamente con un sombrero masculino y un vestido ligero con un cinturón descuidadamente caído sobre las caderas. Sus brazos y piernas esbeltos, y sus pies calzados con zapatos de tacón, descansan sobre la barandilla. Un elegante hombre chino se la queda mirando y ya no puede apartar los ojos de ella.
Duras rompía con las convenciones en esos ambientes heterogéneos y lavados de lluvia, pero rígidamente encorsetados, y abría los diques de la pasión, la sordidez y la desdicha en un férreo sistema social de jerarquías y segregaciones donde ciertas cosas no se podían concebir ni pronunciar. Vietnamitas, chinos y franceses mantenían una brecha infranqueable. La distinción entre unos y otros bastaba para disuadir, al menos de puertas afuera, de cualquier intento de saltarse las reglas.
Pero una tarde soleada una chica es la única blanca entre todos los pasajeros de un trasbordador. Es casi infantil, de trenzas castañas, rostro invitador, tocada graciosamente con un sombrero masculino y un vestido ligero con un cinturón descuidadamente caído sobre las caderas. Sus brazos y piernas esbeltos, y sus pies calzados con zapatos de tacón, descansan sobre la barandilla. Un elegante hombre chino se la queda mirando y ya no puede apartar los ojos de ella.

Jane March
La chica reúne lo que a ese galán rico de la China le acelera el corazón. Pero él no lo sabía hasta ese momento. Ella reúne lo prohibido en su cuerpo breve, de curvas tentadoras. Reúne el motor que bombeará su sangre a partir de entonces. Ella, anónima, pobre, de familia rota y venida a menos, peligrosamente dejada a su aire, independiente de una forma casi silvestre, salvaje, es la libertad que a él le falta. Esa adolescente estudiante de fuego en la mirada, libre como los pájaros, que parece más niña que mujer, es el dardo envenenado destinado al frágil corazón de un adulto condenado.
Lo acosa un miedo terrible. Ella es demasiado joven (ella no lo engaña; él sabe que tiene menos de diecisiete), pero lo que más lo espanta es el riesgo de amarla. Desde que empieza a notar ese espanto, está perdido; ya la ama.
A la desconocida del sombrero.
Ella, desde su posterior madurez de escritora en Francia, desmenuza sus recuerdos de explosión sexual en aquel Vietnam maldito y encantado, en el que un chino muy rico y atado a las tradiciones de sus mayores amó y ardió hasta la última brasa con una casi niña que era todo lo que él quería y todo lo que perdería. Aquella casi niña libre y de fuego en la mirada, de existencia rayana en lo deprimente, que se entregó a lo imposible con una alegría indecente, desafiante, y que probablemente era lo que él más necesitaba.
Lo acosa un miedo terrible. Ella es demasiado joven (ella no lo engaña; él sabe que tiene menos de diecisiete), pero lo que más lo espanta es el riesgo de amarla. Desde que empieza a notar ese espanto, está perdido; ya la ama.
A la desconocida del sombrero.
Ella, desde su posterior madurez de escritora en Francia, desmenuza sus recuerdos de explosión sexual en aquel Vietnam maldito y encantado, en el que un chino muy rico y atado a las tradiciones de sus mayores amó y ardió hasta la última brasa con una casi niña que era todo lo que él quería y todo lo que perdería. Aquella casi niña libre y de fuego en la mirada, de existencia rayana en lo deprimente, que se entregó a lo imposible con una alegría indecente, desafiante, y que probablemente era lo que él más necesitaba.
Las imposiciones culturales cortaban de raíz cualquier irregularidad como la que ellos cometieron. Pero ellos la cometieron.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Sería suficiente para poder seguir viviendo después del Paraíso. Cuando él ya fue tragado por las costumbres de su pueblo en su matrimonio impuesto, y ella regresó a la metrópoli, cuando ellos ya sabían que se amaban, aquel rescoldo los seguiría calentando en la distancia.
US
Canadá
México
España
UK
Irlanda
Australia
Argentina
Chile
Colombia
Uruguay
Paraguay
Perú
Ecuador
Venezuela
Costa Rica
Honduras
Guatemala
Bolivia
Rep. Dominicana
