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misteriosa y genial
Me resulta difícil de racionalizar, pero lo cierto es que de algún modo esta película tiene la capacidad para pulsar resortes olvidados, o quizá nunca reconocidos, de nuestra sensibilidad; se trataría de una especie de secreta conexión entre el hombre y sus pasiones con ciertas dimensiones del espacio y en parte, del tiempo.
Podría referirme a su espléndida fotografía, a los sugerentes escenarios, al encanto, pero también gravedad que transmiten Monica Vitti y Alain Delon en la cumbre de su apostura juvenil. Pero me centraré en tratar de desentrañar los significados de sus misteriosas y a veces desconcertantes imágenes.
Creo que en esta película se nos propone una nueva vuelta de tuerca sobre las temáticas habituales en el cine de Antonioni (la incomunicación, la fragilidad de las relaciones humanas, la alienación del hombre en el mundo moderno), pero dentro de un contexto que se podría calificar de metafísico. Tal es así, que aunque el fantasmagórico edificio en construcción o la astilla de madera empiezan siendo, como en cualquier película convencional, meros decorados o elementos de atrezzo, acaban sin embargo convertidos finalmente, no solo en inamovibles testigos, sino también en verdaderos protagonistas de la narración, hasta el punto que los hasta entonces protagonistas de carne y hueso acaban por desaparecer del escenario de sus encuentros. Así pues, el escenario se revela finalmente como más “real” e importante que los propios personajes; tal es la estratagema que nos propone Antonioni con el fin de poner de relieve la fragilidad de estos, así como la contradictoria fugacidad de los sentimientos que los animan. Es como si la materia inerte, huérfana de conexión con sus antiguos habitantes adquiriera de pronto una cualidad extraña. Una cualidad que también tendría algo de correlato material de la situación anímica de los protagonistas.
En mi opinión, esta usurpación deviene finalmente una metáfora inquietante de la fugacidad de la vida humana. Porque las pasiones juveniles, los bellos gestos, risas, y miradas, por muy maravillosos que nos hayan parecido, están condenados a desaparecer y a perderse en el olvido. ¿Y qué es lo que queda entonces, al final? Prácticamente nada. Solo un borroso y melancólico recuerdo flotando en los ahora desolados espacios, testigos silenciosos del eterno –y quizá intrascendente a la postre- drama del devenir humano.
Pero como otras grandes obras de arte, esta película está abierta a múltiples significados. Quizá sería mejor limitarse a dejarse embriagar por la impronta que sus imágenes hipnóticas producen en nuestros sentidos. Esas miradas ambiguas de los protagonistas después de haber cruzado el paso de peatones. Las cortinas de cáñamo cubriendo el silencioso edificio convertido en extraño y fantasmagórico tótem. O la astilla de madera otrora tocada por una mano ilusionada, y ahora flotando a la deriva en el agua que fluye inexorablemente hacia la alcantarilla.
alex 
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