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El Padrino, Parte 3 1/3
Pensé que me encontraría una película vacía con pretensiones de grandeza, thriller marca MTV con un director impersonal e interpretaciones pasadas, en definitiva, una de tantas obras que pretenden ser referenciales y que se queda en territorio de nadie por su incapacidad de contar una historia seria y adulta, pero quizás es porque desconocía la figura de James Gray, director esta inquietante muestra de cinefilia setentera que no va más allá por el escaso sello personal que le brinda el director tras su cámara con un guión que le pedía una mayor muestra de su estilo propio (si es que lo tiene) y porque su labor como escritor es más débil que su buena capacidad como realizador, que no consigue aportar nada nuevo a un género tan trillado como el policíaco. Sin embargo, siempre es de agradecer una película de este estilo en la cartelera, deudora de las grandes películas de los 70 y que busca algo más que una ensalada de tiros y tratamientos manidos, puesto que, si bien la película tiene ciertos elementos tópicos y confunde en ocasiones la profundidad argumental con el sentimentalismo, no se regodea nunca en ello y la película es una propuesta seria que conoce sus limitaciones y las aprovecha, ya que, si bien al final se le va la mano un poco, la falta de pretensiones es algo que se agradece en este tipo de películas. Y es que esta obra no es mas que un homenaje de Gray a sí mismo y a sus películas favoritas, a todo aquél cine que ha mamado de siempre, especialmente al cine de Coppola, adalid de la década prodigiosa del que absorbe referentes temáticos y que plasma de manera esquemática en una cinta artesanal cortada por el mismo patrón que otras tantas obras genéricas.
Siguiendo una estructura argumental calcada a El Padrino, Gray relata con brío artesanal, despojándose de lo puramente accesorio y virtuosista, una cinta que arranca rápido y que, si bien parece que se va a mover por el toque scorsesiano de Casino por sus movimientos de cámara dentro del local, tira más por ese thriller setentero en la línea austera de los Harry el sucio o French Connection, películas de estudio a cargo de directores competentes que realizaban un soberbio trabajo en la realización de la obra. He aquí la primera dicotomía dentro de la trama, puesto que la sencilla puesta en escena del director contrasta con su aparente intención de contar una historia personal, ya que nunca se preocupa de levantar la trama hacia un lugar más intenso, y su incapacidad para la resolución de determinadas escenas, como el pretencioso y pobre final, o la débil persecución bajo la lluvia, mera muestra del copia y pega de cualquier manual del director de acción, lastran en exceso una película prometedora que, en la primera hora de película, avanzaba bien, sin prisa pero sin pausa, pero a la que, a la postre, la colección de referencias cinematográficas le hacen más daño que ayuda.
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spoiler: Y es que, quizás, la mejor definición que se puede realizar de La noche es nuestra es compararla con aquellos discos de grupos musicales que se antojan pretendidos sucesores de los Led Zeppelin, Rory Gallagher, Iggy Pop y cia, llámese Kasabian, Jet o Comets on fire, que mientras los escuchas tienes la sensación de que quizás tengan un algo que los haga diferentes, pero que, una vez que se acaba el último track, no recuerdas absolutamente nada y el buen momento que pasaste escuchándolos se diluye poco a poco.
Pero, dentro de la trama policíaca, más simplona que sencilla en determinados momentos, apenas hay nada que destaque, siendo algo meramente necesario que conduzca la narración melodramática del conflicto familiar, verdadera semilla que germina en todo su esplendor en los momentos en los que un gran Robert Duvall aparece en escena, siendo el contrapunto perfecto para un desfasadísimo (en el buen término) y brillante Joaquin Phoenix, que sorprende en su maravillosa recreación de ese malcriado y hedonista ser que, cual Michael Corleone, se avergüenza de su familia y rehuye de toda relación con ella, aunque al final, en su descenso a los infiernos, se dará cuenta que ante el destino no hay nada que hacer. Y es aquí donde el director mejor se mueve, en su retrato de la familia y la importancia de la sangre y el destino como eje central de una vida, y de la importancia de las decisiones y sus consecuencias, significando un punto de inflexión notable su relación con el personaje interpretado por Mark Wahlberg, desaprovechado personaje mezcla de Sonny y Fredo quien parece cargar con una tarea vocacional para la que no está preparado pero que, sin embargo, tiene menos importancia de la que debería en el resultado final de la trama. Mención especial merece el apartado de personajes mal perfilados, pues si el protagonista está escrito incluso con brillantez, el resto de secundarios, especialmente los narcotraficantes de los que nunca sabemos demasiado, y apenas están esbozados dentro del guión. Pero mención especial merece el interpretado por la encasilladísima latina Eva Mendes, una Kay Corleone meramente supletoria que, aparte de ser la chica de Phoenix, más bien poco aporta a la cinta. La excesiva debilidad de la historia en su último tramo, añadido a ese catártico pero chapucero, regularmente escrito y peor rodado final terminan de hundir la función, chocando con la escasa pretenciosidad del resto de la cinta, y la confirman como una irregular película que, si bien es cierto que deja detalles notables, no deja de ser un policíaco que destaca por la escasa entidad de sus compañeros genéricos.
Tony Montana 
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