|
Nunca podrá lavar sus manos
No pude acabar Expiación porque el tedio y el cansancio más absoluto me invadían a cada página que pasaba, el excesivo y recargado estilo narrativo de McEwan me resultaba de todo menos atractivo, y si bien conseguía adentrar al lector en la atribulada y fantasiosa mente de la repelente e insoportable Briony, bien es cierto que sus ansias de no dejar ningún cabo suelto provocan una necesidad casi imperiosa de pasar página para ver si algo ha avanzado. Luego, Dunquerque terminó de aburrirme en su insoportable densidad y su vacía narración y opté por no continuar con esta historia romantico-épica y darle una oportunidad en el cine. Y es que, donde el libro fracasaba, la cinta se torna ágil y competente, y resume en una brillante primera parte toda la esencia de la película, que se va diluyendo conforme la historia avanza y, a modo de muñecas rusas, se nos van desvelando los avatares de esta historia de amor épico.
El problema de casi todas las películas de este corte suele ser su esteticismo y su manierismo extremista, ahogando una narración que se basa en un ritmo lento y preciosista, con ese estilo tan academicista e insoportable de las pelis de Ivory, y aunque Expiación tiene algunos momentos así, Joe Wright consigue dotar de brío a la película para hacerla diferente y meternos de lleno en esta turbia historia de amor. A pesar de su buena capacidad, y de su notable e increíblemente bien narrado comienzo, a partir de Dunquerque todo comienza a hundirse poco a poco. La historia hace agua, y se le va la mano al director, dejándose llevar por el virtuosismo técnico y entregando alguna escena estéticamente asombrosa pero que aporta más bien poco a la historia.
La última parte no consigue saber qué pretende contarte el director. Entendemos las ideas sobre la guerra porque están implícitas, pero no se llega a comprender, ya que no vemos más que a los personajes paseando. Los flashbacks, bien introducidos, consiguen poner un poco de orden en una historia que por momentos es confusa. El estilo personal con el que envuelve Wright algunas secuencias logra dar algunos momentos de gran cine, aunque el resultado final haga aguas por la atropellada muestra de ideas del guión. Eso sí, la película cierra con un broche de oro con una secuencia final que pone los pelos de punta, donde la cámara deja sola a Vanessa Redgrave y esta da un recital interpretativo en apenas unos minutos, y que ayuda a levantar el resultado final de la película. Junto a la Redgrave, James McAvoy es lo mejor en el apartado interpretativo, llevando la cinta sobre sus hombros la mayor parte del metraje, y la niña, Saoirse Ronan. Keira está bien, aunque bien es cierto que su personaje pierde fuerza con el paso del tiempo. Otro dato importante es la perfecta mezcla de imagen y sonido, pues la banda sonora de Marianelli es digna de Oscar, y nunca una máquina de escribir ha sonado tan bien.
Tony Montana 
|