Sigo diciendo lo que ya afirmé el mismo día que la vi por primera vez: “No creo haberla entendido del todo… pero me ha encantado!” Después de haberla disfrutado como mínimo unas diez veces, he llegado a la conclusión de que tampoco es que haya mucho que comprender. Creo que el principal objetivo de Sofia Coppola era -a parte de construir una bellísima historia de amor imposible- el de transmitir sensaciones. Y lo consigue con un inteligente uso de la cámara y las luces, dotando al filme de un aire hipnótico que invita a la reflexión y al desfile de un sinfín de diversas emociones.
spoiler:
Con un brillante guión, comprobamos de primera mano y con sutiles toques cómicos lo que supone sentirse desolado, vacío y aislado en un mundo incomprensible, asfixiante pero a la vez con un innegable encanto y magia (Tokio mon amour!). La directora nos presenta a dos personajes en crisis que conectan a la perfección a pesar de la evidente barrera de la edad. Ante las circunstancias que les rodean y a pesar del lento pero acertado desarrollo de la trama, resulta inevitable no encariñarse con los personajes, excelentemente interpretados por Scarlett Johanson (aquí es donde me enamoré de ella… desborda elegancia y sensualidad!) y Bill Murray, seguramente en el mejor papel de su vida. Ambos están impagables.
Al final suena la genial Just Like Honey y nos queda el melancólico recuerdo de “lo que podría haber sido”. En otras palabras, un excelente sabor de boca para una película descaradamente moderna que hace gala de una excelente sensibilidad, algo en lo que la “pequeña” Coppola va sobrada.