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El tren de los horrores
Extraño e injustificado experimento el que presenta Mitchell. Todo va de un grupo de incalificables que frecuentan un antro de perversión en el que todo el mundo está dándole que te pego sin parar con todo el mundo y a todas horas. Pero claro, íluso de mi, todo aquello simboliza algo más que jamás llegaré a entender y bla, bla, bla... Habrá que comprarse las gafas de pasta para comprenderlo, digo yo.
Por que no creo fuese necesario meterse tan de lleno en el sexo explícito y la provocación barata para narrar el film, y menos desaprovechando así dos interesantes historias como son la de la pareja gay y la de la psicóloga que no logra llegar al orgasmo, que ciertamente están bien contadas, pero que se pierden cuando aquel antro se mete de por medio. Aunque ya el arranque es un claro indicio de ello, todo confronta al sexo.
No es ya cuestión de moralidades, de ser oyente de la cope o de la ser, es cuestión de la manera de contar una historia. Si decides tirar por el sexo explícito como epicentro de la misma y no como parte de ella entiende que la gente acabe harta e impávida de tanto placer y esté esperando otro tipo de placeres más díficiles de conseguir en el cine, porque para lo primero siempre quedarán las porno.
antonio1004 
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