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Las Navidades saben a cine
George Bailey siempre lo ha dado todo por los demás, sin preocuparse de sí mismo demasiado. Un día, desesperado después de que falte una cantidad de dinero en su banco, acude al cacique de su pueblo, que, por supuesto, se niega a ayudarle. Ya sólo le queda la vía expeditiva. Por eso decide suicidarse. Gracias a Dios, su ángel de la guarda, Clarence le rescata en el último momento y le ayuda a ver qué habría sido de su pueblo si George nunca hubiera existido.
Las Navidades siempre saben a cine, y ¡Qué bello es vivir! nunca falla. Más que una película, parece un ritual. Hasta su origen se ha convertido en una leyenda. La suerte decidió que el relato corto de Philip Van Doren Stern, en 1938, no obtuviera ningún interés por parte de las publicaciones. Qué mejor entonces que mandarlo como felicitación navideña a unos pocos amigos. Y que por azar llegara a las manos de Frank Capra. La historia que siempre había estado buscando toda su vida.
Esta maravilla es la obra sobre la esperanza humana por antonomasia y una fábula que se convirtió en clásico no por casualidad, la película más capriana y de inconmensurable calidad. En este canto a la solidaridad, Frank Capra dio lo mejor de su enorme talento, con una realización tan convencional como perfecta. Aunque en su momento fue un fracaso desconcertante -el mundo recién salido de una gran guerra, pocos creían aún en las bondades del ser humano-, el paso de los años la ha convertido en la obra maestra que siempre fue.
La historia de George Bailey, un hombre al borde del suicidio por las deudas, está tan bien contada que poco importa lo dulzona que podría resultar en otras manos distintas de las de Frank Capra y James Stewart. Que se quiten todos los galanes del cine, que yo siempre querré casarme con el querido Jimmy. Y en un papel como éste. Mención especial merecen Lionel Barrymore, un malo tan brillante que se hace querer, la encantadora Donna Reed, el casquivano Thomas Mitchell y Henry Travers, un ángel digno de las mejores alas.
Cuántas veces ha sido imitada, ¡y qué inimitable es!. Alguien se olvidó de renovar los derechos de autor; bendito descuido. Nadie tiene excusa para no verla. Amigos, feliz Navidad.
helen 
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