El cine dentro del cine, no es una idea nueva y original pero si interesante y poco explotada; Charlie Kaufman se representa en pantalla de manera neurótica, falto de seguridad en sí mismo y lleno de complejos y miedos; es inevitable no buscar un paralelismo con Woody Allen, el neoyorquino más conocido del mundo (con permiso de Scorsese) que siempre juega al mismo juego en sus películas, presentar ese personaje neurótico y pusilánime que se desliza en la sociedad como un extraterrestre recién caído de otro planeta.
Es cierto, la película en su conjunto es una metáfora, un alegato en contra de Hollywood y la industria (con perdón), pero el destrozar en el tramo final lo que hasta el momento había sido una bella creación solo con el proposito de mostrar al espectador por parte del guionista: mirad, esto es lo que odio, lo que funciona en taquilla, lo que me piden las productoras y así lo muestro para que veais lo estúpido, irresoluto y penoso que es, me parece una lástima y un error imperdonable; un final alternativo donde se mostrara un enfrentamiento metateórico entre Charlie y Donald, entre él y su otro yo hubiera sido preferible y menos capcioso.
spoiler:
Donald Kaufman no existe en la vida real, en su primera aparición en el film se llega a pensar que es producto de la mente escindida de Charlie pero poco depués comprobamos que en la película si tiene entidad propia, para finalmente, tras el discurrrir de la trama, deducir que su significado en la estructura es la de ser una metáfora del guionista que Charlie odiaría ser pero que en cierto modo si es. Susan Orlean si exite en la vida real y su libro, "El ladrón de orquideas" escrito en 2001 también (sino ese ejemplar que se puede comprar en la casa del libro es la mejor arma de marketing ideada por una película en la historia).
Como nota genial última, al final de los titulos de crédito aparace la dedicatoria de la película; ¿adivinan a quien? Por supuesto, está dedicada a Donald Kaufman.