Al fondo, a lo lejos, ya empezábamos a vislumbrar una turba ingente de personas ataviadas con catalejos y ropajes de estampado romboidal que discutían afablemente sobre si Un Perro Andaluz era una compleja serie de metáforas encadenadas a la vida de un hombre o se trataba de una mera pero completa reflexión sobre nuestro propio yo interior.
Así más o menos se observaría bajo la exagerada óptica de Buñuel a un grupo de personas cultivadas y cinéfilas que hablan sobre estos 15 minutos de metraje donde se reúne una inconexa trama de imágenes cuyo fruto es, sin duda, una de las obras surrealistas más interesantes realizadas en la historia del cine.
Interesante sí, pero su provocación no es más que un engaño, detrás de ella no hay ese romanticismo que desprende la obra gráfica del pintor que aquí colabora, ni siquiera la destrucción de la corriente dadaísta. Teniendo madera para llegar a ser una gran obra metafórica, su propia esencia automática y bretoniana convierte el proyecto en una obra menor a muchos niveles (si es comparada con sus compañeras de movimiento estáticas).
Un hombre que carga con el peso de su conciencia y cuyo interior es carcomido por las constantes relaciones sociales es castigado y... poco más, nada más, al menos que un servidor pudiera captar. Si bien cierto es que no está hecha para buscarle significado y que alguna de sus imágenes es brillante, Un Perro Andaluz se puede considerar con facilidad como una obra surrealista totalmente fallida, aunque no podemos negarle el gran valor que tiene a nivel cinematográfico.
spoiler:
Aunque, como yo, siempre habrá muchos que le intentemos buscar los tres, cinco o siete pies al gato. Estamos equivocados.