Shakespeare escribió Titus Andrónico hace muchos años. En esa obra, una pérfida reina se sirve de sus hijos para cometer los peores pecados, y finalmente es castigada a comer un pastel con la carne de sus vástagos. Antes de esto, también existió Edipo y el siglo XX nos trajo a este singular clan de los Barker, imaginados, esta vez por Roger Corman, en esa época que habían puesto de moda Bonnie & Clyde.
A pesar de que uno de los cuatro hijos está perfectamente desdibujado, los otros tres, junto con los anexos y sobre todo el interpretado por la desbordante Shelley Winters, tienen matices de verdaderos personajes.
La estética retro, con imagen fija o zooms de vértigo, pertenecen a esa época y se le pueden perdonar a la película, que no ha envejecido mal, al contrario, le viene bien. Hay mucha mala leche y humor.
spoiler:
Por ejemplo cuando la Winters tras el atraco al banco tira a una de sus rehenes del coche, o cuando dispara al "novio" de uno de sus hijos ("Por mis cojones que no eres un Baker"), o por último en los títulos de crédito finales con ese sello dedicado a las madres de Nortemerica.
La despedida del padre, la escena de Robert de Niro en el embarcadero con Rembrandht o la de la propuesta de sexo de Shelley Winters a su secuestrado, son escenas intensas.
Incesto, espiral de maldad y sangre, y como Tamora, ver la muerte de sus hijos antes de morir ella como justo castigo a una queridísima Mamá.