Bruce Willis es un poli alcoholizado que arrastra su cuerpo renqueante por la comisaría y se labra una reputación de nulidad absoluta (más o menos la que tiene como actor). Mos Def es un detenido verborreico que sueña con ser pastelero. David Morse es el granítico poli malo, también bastante parlanchín (entre tiroteo y tiroteo suelta unos parrafitos de lo más apañados, será para que se note que hay un guionista en plantilla).
Mis expectativas cuando empezó la película en el talgo Santander-Alicante y apareció Willis haciendo de poli cascado eran más bien pocas. Sin embargo pronto tuve que reconocer que la película tenía soltura narrativa y solvencia técnica y, si uno obvia lo inverosímil del guión, la inconsistencia de los personajes, lo disparatado de las situaciones, los tópicos*, la moralina y el sermoneo genuinamente americanos**, pasará un rato medianamente distraído con esta peliculita, por lo demás insignificante.
spoiler:
* Por ejemplo: ¿Por qué en todas las persecuciones se tiene que pasar por cocinas de restaurantes inmensas, siempre humeantes, da igual la hora que sea? En la vida real yo nunca he visto cocinas tan grandes, con tantos cocineros, ni tanto cacharro como en estas películas (tampoco nunca me han tiroteado, pese a los muchos meses de mi sufrida vida que he dedicado a la hostelería).
** No hay determinismo social que anule la voluntad humana. La corrupción existe, pero las instituciones funcionan y el mal siempre es desenmascarado y vencido. Dios protege a los buenos, todo está en manos de Dios, confiamos en Dios (no se habla de la divinidad en la película, pero estas ideas planean sobre todas las situaciones; de alguna manera el guión es una versión abastardada del debate teológico entre la predestinación y el libre albedrío de las personas: hay un toque providencial en todas las casualidades que se suceden a lo largo del film y el resultado es la salvación de los justos y la condenación de los pecadores).
Estas últimas líneas no me las tengáis muy en cuenta. Todavía estoy yendo a terapia.