Gigante es una de esas películas que acaba por enamorar por su estilo minimalista, por su discurso amable, por que te cae bien el protagonista, que además soporta todo el peso de la historia. Sigues con mucha atención las idas y venidas de Horacio Camandulle (justo es nombrarle, estupendo actor a tenor de lo visto) en pos del objeto de su deseo oculto (spoiler). Te recuerda el afán morboso de James Stewart en Vértigo, valga la odiosa similitud. Y te acaba por gustar la película porque el director y guionista (Adrián Biniez, buen debut) cuenta lo que cuenta en el tiempo justo de metraje.
Son historias que tiene el riesgo de convertirse en mínimas por esos motivos, pero de lo que no cabe duda es que casi nunca defraudan (ese casi va por las películas que de minimalismo pasan a pesadez en los planteamientos; no es éste el caso)
spoiler:
Que si bien es una historia blanca de amor, en ese sentido, hay un pequeño momento perturbador, cuando el protagonista se repasa los labios con el cacao labial que previamente ha usurpado a la chica limpiadora del centro comercial objeto de su enamoramiento.